
No conozco Santa Cruz, pero conozco la estación de flotas de Santa Cruz un viernes a las ocho y media de la tarde, y es un auténtico delirio de tráfico, bocinas, vendedores ambulantes y familias enteras que corren. ¿Pero dónde coño está el ritmo latino? Nuestro taxi llega media hora antes de la hora de salida del único autobús que nos debería llevar a Trinidad. El taxista sale como un escopetín de ventanilla en ventanilla entre un barullo de gente y maletas en busca de tres pasajes, pero ya no queda ninguno hasta mañana. No pasa nada, paciencia.
El taxista insiste y un hombre nos ofrece dos asientos y un trocito de pasillo a un precio improponible para un viaje de 11 horas. Si algo aprendí de Zu' Totò en Palermo es a que me timen con un poco menos de descaro, así que finalmente decidimos irnos a cuestas con las mochilas, los instrumentos y el calorazo del invierno boliviano, y cambiar viaje a Trinidad por cerveza Paceña en un chiringuito de un nivel digno del mejor de los peores centros sociales.
El sueño me pilla en la habitación de un hostalucho desde el que, además de las bocinas y el frenético tráfico, se oye el regetón del local de abajo. (Andiamo bene...) Y al son de
¡mueve la cintura, arriba, arriba, eh, eh! me quedo dormida.
6.00 a.m. La ciudad me despierta a ritmo de rancheras. A las 7 de la mañana entre un barullo de gente y maletas conseguimos coger los últimos 3 billetes para Trinidad en el único autobús que debería salir a las 9 de la noche. Día turístico de propina en Santa Cruz, y por la noche el autobús no llega porque no encuentra combustible. (Andiamo bene...) Esperamos un par de horitas entre el barullo de gente y maletas y finalmente, a las 23.30 cogemos el autobus sin esperanzas ya de llegar a tiempo a Trinidad para coger el único furgón que nos debería llevar al día siguiente a San Ignacio. No pasa nada, paciencia.
Después de 11 horas de viaje, increiblemente conseguimos llegar a tiempo antes de que terminen de cargar los bultos en el techo del camión que sale hacia San Ignacio. El viaje Trinidad-San Ignacio es indescriptible. Nos montamos en un camión lleno de calor, perros, gatos, periquitos, niños, abuelas, paquetes y el polvo del camino que entra por las ventanillas abiertas del furgo-bus. Hay también vendedores ambulantes que venden helados y pescado frito. La gente compra desde las ventanillas y los helados pasan de cabeza en cabeza goteando entre los asientos desvencijados. Mientras tanto en el radiocasette suena una cinta rayada con La Lambada.
Desde la ventanilla se ve pasar la selva: vegetación y más vegetación durante horas y horas. De vez en cuando se ve una vaca y alguna choza construida con cuatro tablones y hojas de palma. Llegamos al primer río. Cruzar un río no supone un problema si se dispone de un puente... En ausencia de puentes, nos bajamos todos y cargan el camión en una balsa de madera, y dentro queda el calor con los perros, los gatos, los periquitos, los niños y las abuelas que duermen, los paquetes y el polvo del camino. Así hasta 3 veces.
Después de horas y horas viendo pasar la selva por la ventana y cuando ya uno ha perdido la noción del tiempo, me asaltan algunas dudas:
- ¿qué pasa si te quedas sin gasolina en medio de la selva?
- ¿de quién son esas vacas si llevamos kilómetros y kilómetros y hace horas que no se ve ni una sola chabola?
- ¿de qué forma llegará hasta un lugar tan aislado la información de lo que sucede ahí fuera? y sobre todo, ¿realmente importa?
Finalmente llegamos a la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos a cuestas con las mochilas, los instrumentos, el polvo del camino y el calorazo del invierno boliviano. Son las 14.00 h del día 6 de julio y hace exactamente 62 horas que salí de casa. No pasa nada, paciencia.